Entre tanto entramado, cuestionamientos, certezas y dudas he
llegado a la pregunta sobre qué hay del amor, qué hay de eso que se supone que
es algo que como una marea incontenible llena completamente al ser interior,
que lo rebalsa hasta los bordes y se derrama incontrolable desde la
individualidad del sujeto-objeto amado hasta el resto de los demás
sujetos-objetos que existen en el entorno. Pues claro, si se ama a alguien o
algo con tan fervor que se le aísla de del resto, aquello no resulta ser más
que un refinado egoísmo.

¿Qué hay del amor? De ahí parte la duda si esto es una
cuestión meramente dirigida a un ser u elemento concreto, pero ello no acaba
por tener mucho sentido, pues si yo amo las flores y desprecio la ferocidad de
la maleza estaría amando exclusivamente una pequeña manifestación de del
universo vegetal, una porción aislada que artificialmente por una operación
cognitiva fue distinguida del resto de los objetos que comparten igualmente su
naturaleza esencial. A este nivel sigue siendo sencillo... la flor como
ser-objeto del amor está en una relación no dialogante con el amante, ella no
responde realmente (o de forma evidente) al amor que se le derrama.
Y llegamos a las interacciones humanas (sin saber todavía
que es el amor), en la relación entre seres a un mismo nivel de existencia,
encontramos una infinidad de factores que influyen en el marco de sus
relaciones, una variabilidad de parámetros aprendidos que hacen considerar a otro
como objeto del amor, desde cuestiones tan superficiales como la impresión de
una imagen sobre la mente a través de la envoltura del alma, la tonalidad de la
voz de la otra persona o las maneras en que se relaciona con otros o con el
aspirante a convertirse en amante del ser amado. De nada es importante estos
factores, la complejidad está cuando amante y aquello que aspira a amar no
coinciden en realizar el intercambio afectivo, no hay una relación de complementariedad
entre ambos. Lo que termina en una relación anómala en muchas formas, el amante
se niega a no dejar de amar a su sujeto-objeto amado aunque este no le
corresponda o peor aún, el sujeto-objeto del amor acepta esta relación a pesar
de no encontrarse satisfecho, como quien acepta una condena que no es expresión
de una culpa propia.
Pero hasta aquí, el amor no definido sigue siendo una relación
simple de propiedad, de la supremacía del amante sobre el amado, qué hay sobre
el amor que se extiende sobre lo individual y llega a los límites de lo
colectivo. Por ejemplo, la familia, un equipo deportivo, la nación, la
humanidad, la naturaleza... dichas colectividades corresponden sin duda a
categorías abstractas, construcciones sociales derivadas de el desenvolvimiento
práctico sobre el mundo que están sujetas a relaciones funcionales que apuntan
a la satisfacción de necesidades físicas o psíquicas que no escapan al sentido
de propiedad incluso cuando hablamos de amar a la totalidad de los seres
sintientes o a la naturaleza como abstracción de todo lo que existe, ya que
incluso aquello está supeditado a una relación de comprensión individual que
imparte su dominio sobre entidades definidas, sin embargo, es un dominio difuso.
El amor parece estar atado a un relacionamiento, a una forma de intercambio que
apunta a la satisfacción de uno sobre otro o de ambos sobre los otros, o de
cada uno sobre sí mismo usando a otro como excusa... No hace falta extenderse
demasiado en cuestiones obvias, como que la familia se construye para asegurar
la supervivencia de la especie, a lo que se le añade valoraciones y reglas como
la monogamia o se le inunda de valores como los del amor romántico, para muchos
el amor a su equipo deportivo fluctúa al ritmo de sus victorias o derrotas, el
amor a la nación es patéticamente reaccionario y se moviliza a través del
miedo, por la humanidad el amor viene a través de la compasión y hay entre sus
practicantes quienes se satisfacen con practicar la caridad, por último, el
amor a la naturaleza tiene las mismas características que el anterior. Aunque tome
la forma de una donación de recompensa inexistente o difusa.

Pareciera que el amor puede adoptar todas las dimensiones y
ser una manifestación de muchos niveles, verdaderamente no sabría como
caracterizarle, pero podría expresar que lo mejor es considerarlo una
manifestación evolutiva para la relación hacia todos los seres...
Personalmente, en mi construcción social de hombre se me enseñó que el amor era
una manifestación que se produce hacia las mujeres, en plural, pero que lo
socialmente aceptado era pernoctar de forma habitual y pública con una sola,
del mismo modo, ella era parte de mi dominio (esto incluye el hecho de
pretender que el mundo era, es y será así)... pero progresivamente todo ello se
va revelando como un absurdo, creí que el amor era de forma definitiva para una
sola mujer, que ella, por supuesto, debía responder a esa emocionalidad
particular que yo poseía, pero al poco tiempo descubrí que en realidad las
cosas no funcionaban así... Creí luego en que poseerse tenía poco sentido y que
la complementariedad personal podría ser múltiple y simultánea, que ese era un modo
posible y extensible, pero las cosas no son así, no se puede pretender que el
mundo sea o será de la manera que uno espera... amé a una mujer y descubrí que
podía amar a las mujeres, consecuentemente amé a la mujer como idea (sin
sospechar todavía que el género no es más que un acuerdo ideológico), pasé
pronto a amar la humanidad contenida en lo que está contenido en la categoría
conceptual de mujer y pronto supe amar a la humanidad, momento en el que se
produjo el quiebre definitivo entre la relación amor/propiedad, pero no aún la
relación de amor/autosatisfacción...
Quizá la superación de esta última etapa está reservada
solamente a cuestiones mitológicas y la endulzada vida de los santos de todas
las religiones. ¿Pudiera realmente existir quien ame más allá de toda
satisfacción, de todo deber, de toda realización de un propósito?