En esa última llamada quedamos de acuerdo en
que yo era para ti, tanto como tú eras para mí, pero que nuestros caminos que
tan lejos nos ponían el uno del otro debía irremediablemente separarnos, me
ofreciste un consuelo (vano, totalmente), al decirme que también muchas otras
podrían encajar conmigo, que yo era especial y fácil de llegar a amar, como si
eso fuera una especie de garantía o una forma de evadir la culpa para ti. Tan
inútilmente me hacías creer que yo era perfecto, cuando cada error que cometo
está cubierto por un manto transparente que lo hace de inmediato evidente.
Hablamos por casi dos horas, no entiendo cómo
es posible que pudieras resistir tan bien ese nudo en la garganta y la angustia
de separarnos. Estuve a punto de decirte que dejaras de recordarme mi virtud,
de colgarte consumido por una ira infantil, pero ya al pasar el tiempo
comprendo que más que hacer todo aquello para buscar complacerme, lo hacías por
protegerte a ti. Ojalá hubieses sido deliberadamente cruel, desgarradoramente
sincera del mismo modo que yo lo era… ¿qué miedo es el que traías oculto?
De antes ya lo sabía, pero me conformaba con
saber que no era yo el peor de tus pretendientes, mientras Ignacio me confesaba
que era mi íntimo enemigo respecto de tu existencia podíamos seguir siendo
amigos. También me trajo malas noticias, de las que yo también estaba enterado
de antes, que Damián ya había conseguido salir contigo. En mi fuero interno
reía: ¿él creía que diciéndome todo eso algo podría conseguir? Aunque también existan
otros esto jamás podría ser una carrera, nadie gana aunque ya haya cruzado
alguna meta. Me reservé de decirle que hablábamos cada noche, nuestras horas al
teléfono en esas semanas que retornabas a las lejanías de tu hogar.
Si de algo me puedo preciar es que siempre
contaba con información privilegiada, siempre fui el guardián de tus secretos e
incluso el secuaz de tantas cosas que el tiempo se debería llevar. Sigo
conforme de nuestra complicidad, aunque nunca pudimos llegar a darnos un beso,
gozamos de tanta intimidad. Como por ejemplo aquella mañana de domingo en la
que con tanta angustia me dijiste que te acompañara de compras y recorrimos
media ciudad, hasta que en la última farmacia del fin del mundo pudimos
encontrar la pastilla que evitaría las consecuencias de que hayas tenido sexo
con Damián. Mientras todo aquello
sucedía, ya sabías absolutamente todo lo que sentía por ti, pero siempre es más
importante cubrir una necesidad que la vanidad de cualquiera de nosotros. Y si
volviera a suceder nuevamente esto o cualquier cosa en que necesites mi
presencia, no lo dudaría, iría contigo hasta donde fuese necesario, una vez más
me pondría a tu servicio aunque ya de mi pecho limpié todo el polvo y la ceniza
de lo que nuestra historia llegó a significar alguna vez.
A cambio no pido nada, pero lo mejor será que
no vuelvas una tercera vez, porque aunque sigamos por siempre siendo el uno
para el otro, ahora soy yo el que piensa que tú estarás mejor sin mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario