Aquel día en que conocí tu piel
se manifestó ante mí un milagro encarnado, viví, sentí que en tu caricia volví
a nacer, que fui engendrado otra vez y me extinguí en la nada. Me deleité con
tanto ímpetu entre tus piernas, del mismo modo que aquel que encuentra un oasis
en el desierto y por más que beba no consigue saciar su sed, arrodillado ante
ti elevé a tus profundidades una oración inaudible, extensa como ninguna otra
hasta que el alma de mi pecho acabó completamente en ti. Pero me trajiste de
vuelta con un beso que no fue más que la orden irrefutable para poner lo que
hay de hombre en mi en la inmensidad de tu ser de mujer. La noche lo cubre todo
con su manto de estrellas, la sonrisa, las horas.
No existe ninguna otra cosa
distinta de la plenitud y una sola imagen: El árbol solitario que se extiende
incansable hasta rozar los márgenes de tus atmósferas, visible solamente al
contraste del brillo de la luna...
De un segundo a otro dejamos de
ser paisaje para convertirnos otra vez en cuerpo. Llegué aquí siendo algo como
un bebé mientras te me presentabas como una madre que pretende alimentarme de
su pecho para completar el vacío de alguno de los dos, no sé de quién, quizá de
ambos, no lo sé.
¿Qué veías en mí al mirarme así? No
podría jamás rechazar esa invitación que me hacías a convertirme en todo un
animal, mientras a la vez podías ser la diosa venerable al igual que la perra
lujuriosa. Olvido todo lo existente cuando dejo de ver tu rostro en esos
momentos en que me regalabas la ilusión de ser dominada. Perdí mi nombre en la
primera respiración y mientras más se agitaba, mientras más fuerte empujaba
dentro de tu vientre, completaba la metamorfosis para lograr la
inseparabilidad. Ahora mismo desde el presente te diré (si es que puedes llegar
a escucharlo) que sigo unido a esa primera vez.
Me detuviste al fin para retornar juntos al único momento
importante de todo esto, tomaste mis manos para sellar con un trascendental simbolismo
el instante en el que te miras a ti misma
por medio de mis ojos, el instante en que me veo a mí mismo por medio de tus
ojos. Se desdibujan todos los límites entre lo que fuiste tú y lo que era yo.
Ya no dijimos ninguna palabra más y dormimos en el abrazo sabiendo que al
despertar de aquel día no sería más que un recuerdo cuya espontaneidad no se
volvería a repetir.

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