jueves, 1 de noviembre de 2018

Conocí tu piel


Aquel día en que conocí tu piel se manifestó ante mí un milagro encarnado, viví, sentí que en tu caricia volví a nacer, que fui engendrado otra vez y me extinguí en la nada. Me deleité con tanto ímpetu entre tus piernas, del mismo modo que aquel que encuentra un oasis en el desierto y por más que beba no consigue saciar su sed, arrodillado ante ti elevé a tus profundidades una oración inaudible, extensa como ninguna otra hasta que el alma de mi pecho acabó completamente en ti. Pero me trajiste de vuelta con un beso que no fue más que la orden irrefutable para poner lo que hay de hombre en mi en la inmensidad de tu ser de mujer. La noche lo cubre todo con su manto de estrellas, la sonrisa, las horas.
No existe ninguna otra cosa distinta de la plenitud y una sola imagen: El árbol solitario que se extiende incansable hasta rozar los márgenes de tus atmósferas, visible solamente al contraste del brillo de la luna...

De un segundo a otro dejamos de ser paisaje para convertirnos otra vez en cuerpo. Llegué aquí siendo algo como un bebé mientras te me presentabas como una madre que pretende alimentarme de su pecho para completar el vacío de alguno de los dos, no sé de quién, quizá de ambos, no lo sé.

¿Qué veías en mí al mirarme así? No podría jamás rechazar esa invitación que me hacías a convertirme en todo un animal, mientras a la vez podías ser la diosa venerable al igual que la perra lujuriosa. Olvido todo lo existente cuando dejo de ver tu rostro en esos momentos en que me regalabas la ilusión de ser dominada. Perdí mi nombre en la primera respiración y mientras más se agitaba, mientras más fuerte empujaba dentro de tu vientre, completaba la metamorfosis para lograr la inseparabilidad. Ahora mismo desde el presente te diré (si es que puedes llegar a escucharlo) que sigo unido a esa primera vez.

Me detuviste al fin para retornar juntos al único momento importante de todo esto, tomaste mis manos para sellar con un trascendental simbolismo el instante  en el que te miras a ti misma por medio de mis ojos, el instante en que me veo a mí mismo por medio de tus ojos. Se desdibujan todos los límites entre lo que fuiste tú y lo que era yo. Ya no dijimos ninguna palabra más y dormimos en el abrazo sabiendo que al despertar de aquel día no sería más que un recuerdo cuya espontaneidad no se volvería a repetir.



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