La pasada noche me
atormentó un pensamiento, no era algo nuevo, es la secuela de un camino que
recorrí muchas veces y que con el calendario regresa cada año a recordarme que
hay algo que me falta. Pero mi alma carente de originalidad que insiste en ese
recuerdo fue detenida una vez más por mi mente con una pregunta aún peor que el
detonante de mi presente melancolía… ¿Puedes acaso invocar algún sentimiento
que no exista? ¿Puedes crear un nuevo latir en tu corazón a un ritmo novedoso?
Así comenzó nuestro
diálogo, el desafío estaba hecho y las armas dispuestas para un duelo que sea
cual sea el resultado terminaría conmigo. Porque no se trata de sentir otra
alegría u otra tristeza, otro placer u otro dolor, es un asunto un poco más
complejo… y peligroso por cierto.
Mientras vamos juntos a
nuestro recorrido cotidiano la contienda va sucediendo, mi corazón insiste en
que cada vez que se inunda de un nuevo sentir, se empapa de algo por descubrir,
que aunque la infinidad de las palabras se quede corta para ponerle nombre a
ese suspiro, ese instante es único y sin par en la vastedad del universo, pues
al igual que una lágrima que jamás sabe igual que la otra, la explosión del
interior es simplemente inimitable.
Pero la mente siempre es
más hábil con las palabras. En su turno me dice que a pesar de modificar la receta
de la alegría o su pena, cada componente ya está escrito de antemano. El fuego
siempre es fuego a pesar de lo perfumada de la leña y tras el calor no queda
otro rastro que la misma ceniza impedida de arder otra vez.
Se agita el corazón por
tal argumento, pero responde que esta ira no es la misma ira, pues está no
lleva clavada la intención de venganza ni menos será fruto de un permanente
rencor, que se acaba con el fin de esta misma discusión.
Pero no acabará tan
pronto, el corazón continúa con su discurso diciendo que las palabras son
conceptos incompletos que se orientan a expresar siempre lo inefable de cada
experiencia, porque el sentir tuyo o el mío sea de odio o de amor no se agota
con la palabra que es el sepulcro de cualquier expresión, que la aprisiona lo
suficiente como para que nos entendamos los dos. No es la misma angustia del
hambre del niño que llora ante el pecho reseco de su madre por la pobreza, que
la angustia del hambre del que vive en opulencia, pero no puede escoger un
plato del menú. ¿Cómo podrías compararlos sin que tú propio argumento sea una
traición?
La mente se impacienta,
arguye que mientras el sentir sea previsible no es nada nuevo, sino una
variación de lo que en esencia es, sabemos que esa angustia es la consecuencia
del hambre por un lado y por otro de la estupidez, ambas con el absurdo de la
injusticia que hiere el alma de todos, incluso de nosotros tres. Esto es
simplemente cruel para algunos y para otros al parecer también, y no lo digo
con indolencia, pero ese sentimiento es la obvia consecuencia de un paso que se
da tras otro del que soy responsable también. Pero no nos encaminemos fuera del
tema. Que el sentimiento cualquiera que sea ya existe aunque parezca renovado,
aunque parezca que ya ha sido olvidado o que en ti anide por primera vez.
El corazón al fin
descubrió lo que la mente pretende, se ha dado cuenta que ella intenta suprimir
la originalidad intrínseca de cada sentir, de cada mirada que ve, de cada piel
que se eriza cuando la atraviesa el frío o una caricia repentina. Corazón se
toma un tiempo para guardar silencio mientras la mente se agita por soltar otro
argumento, pero ¿para qué dejarla hablar más si ella es la dueña sin dudas de
la razón? Su contraparte ve todo de otro modo, pero de ella serán siempre la
pasión y su convicción.
Mientras tanto yo sigo
observando sin actuar siquiera como mediador, tratando de aferrarme al
pensamiento que me atormentó la noche anterior que se desdibuja ante la
intensidad e importancia de esta discusión.
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| Créditos de la imagen: Alberto Montt |
