miércoles, 29 de agosto de 2018

¿Qué hay del amor?


Entre tanto entramado, cuestionamientos, certezas y dudas he llegado a la pregunta sobre qué hay del amor, qué hay de eso que se supone que es algo que como una marea incontenible llena completamente al ser interior, que lo rebalsa hasta los bordes y se derrama incontrolable desde la individualidad del sujeto-objeto amado hasta el resto de los demás sujetos-objetos que existen en el entorno. Pues claro, si se ama a alguien o algo con tan fervor que se le aísla de del resto, aquello no resulta ser más que un refinado egoísmo.

¿Qué hay del amor? De ahí parte la duda si esto es una cuestión meramente dirigida a un ser u elemento concreto, pero ello no acaba por tener mucho sentido, pues si yo amo las flores y desprecio la ferocidad de la maleza estaría amando exclusivamente una pequeña manifestación de del universo vegetal, una porción aislada que artificialmente por una operación cognitiva fue distinguida del resto de los objetos que comparten igualmente su naturaleza esencial. A este nivel sigue siendo sencillo... la flor como ser-objeto del amor está en una relación no dialogante con el amante, ella no responde realmente (o de forma evidente) al amor que se le derrama.


Y llegamos a las interacciones humanas (sin saber todavía que es el amor), en la relación entre seres a un mismo nivel de existencia, encontramos una infinidad de factores que influyen en el marco de sus relaciones, una variabilidad de parámetros aprendidos que hacen considerar a otro como objeto del amor, desde cuestiones tan superficiales como la impresión de una imagen sobre la mente a través de la envoltura del alma, la tonalidad de la voz de la otra persona o las maneras en que se relaciona con otros o con el aspirante a convertirse en amante del ser amado. De nada es importante estos factores, la complejidad está cuando amante y aquello que aspira a amar no coinciden en realizar el intercambio afectivo, no hay una relación de complementariedad entre ambos. Lo que termina en una relación anómala en muchas formas, el amante se niega a no dejar de amar a su sujeto-objeto amado aunque este no le corresponda o peor aún, el sujeto-objeto del amor acepta esta relación a pesar de no encontrarse satisfecho, como quien acepta una condena que no es expresión de una culpa propia.

Pero hasta aquí, el amor no definido sigue siendo una relación simple de propiedad, de la supremacía del amante sobre el amado, qué hay sobre el amor que se extiende sobre lo individual y llega a los límites de lo colectivo. Por ejemplo, la familia, un equipo deportivo, la nación, la humanidad, la naturaleza... dichas colectividades corresponden sin duda a categorías abstractas, construcciones sociales derivadas de el desenvolvimiento práctico sobre el mundo que están sujetas a relaciones funcionales que apuntan a la satisfacción de necesidades físicas o psíquicas que no escapan al sentido de propiedad incluso cuando hablamos de amar a la totalidad de los seres sintientes o a la naturaleza como abstracción de todo lo que existe, ya que incluso aquello está supeditado a una relación de comprensión individual que imparte su dominio sobre entidades definidas, sin embargo, es un dominio difuso. El amor parece estar atado a un relacionamiento, a una forma de intercambio que apunta a la satisfacción de uno sobre otro o de ambos sobre los otros, o de cada uno sobre sí mismo usando a otro como excusa... No hace falta extenderse demasiado en cuestiones obvias, como que la familia se construye para asegurar la supervivencia de la especie, a lo que se le añade valoraciones y reglas como la monogamia o se le inunda de valores como los del amor romántico, para muchos el amor a su equipo deportivo fluctúa al ritmo de sus victorias o derrotas, el amor a la nación es patéticamente reaccionario y se moviliza a través del miedo, por la humanidad el amor viene a través de la compasión y hay entre sus practicantes quienes se satisfacen con practicar la caridad, por último, el amor a la naturaleza tiene las mismas características que el anterior. Aunque tome la forma de una donación de recompensa inexistente o difusa.

Pareciera que el amor puede adoptar todas las dimensiones y ser una manifestación de muchos niveles, verdaderamente no sabría como caracterizarle, pero podría expresar que lo mejor es considerarlo una manifestación evolutiva para la relación hacia todos los seres...
Personalmente, en mi construcción social de hombre se me enseñó que el amor era una manifestación que se produce hacia las mujeres, en plural, pero que lo socialmente aceptado era pernoctar de forma habitual y pública con una sola, del mismo modo, ella era parte de mi dominio (esto incluye el hecho de pretender que el mundo era, es y será así)... pero progresivamente todo ello se va revelando como un absurdo, creí que el amor era de forma definitiva para una sola mujer, que ella, por supuesto, debía responder a esa emocionalidad particular que yo poseía, pero al poco tiempo descubrí que en realidad las cosas no funcionaban así... Creí luego en que poseerse tenía poco sentido y que la complementariedad personal podría ser múltiple y simultánea, que ese era un modo posible y extensible, pero las cosas no son así, no se puede pretender que el mundo sea o será de la manera que uno espera... amé a una mujer y descubrí que podía amar a las mujeres, consecuentemente amé a la mujer como idea (sin sospechar todavía que el género no es más que un acuerdo ideológico), pasé pronto a amar la humanidad contenida en lo que está contenido en la categoría conceptual de mujer y pronto supe amar a la humanidad, momento en el que se produjo el quiebre definitivo entre la relación amor/propiedad, pero no aún la relación de amor/autosatisfacción...


Quizá la superación de esta última etapa está reservada solamente a cuestiones mitológicas y la endulzada vida de los santos de todas las religiones. ¿Pudiera realmente existir quien ame más allá de toda satisfacción, de todo deber, de toda realización de un propósito?